J. S. MILL: UTILITARISMO

 

MILL Y BENTHAM: UTILITARISMO

 

El pensamiento de Mill se mueve dentro del marco de las ideas fundamentales de Bentham. La utilidad no es uno entre tantos bienes sino el bien por antonomasia. Se trata del principio utilitarista que, además, no admite prueba de ninguna clase pues en tanto principio es irreductible; aparte de que constituye el fin último de la acción humana.

Mill argumenta que el principio utilitarista no sostiene una moral egoísta dado que la utilidad (felicidad, placer o minimización del dolor) no es medida en función personal nada más sino en relación con el cuerpo social. El parámetro moral no es la mayor felicidad que el actor pueda conseguir; la medida es más bien la mayor felicidad que pueda provocarse socialmente.

Para Mill la búsqueda de otros objetivos o fines como la virtud, la riqueza y la fama no contradicen en nada su propuesta. Al contrario, la confirman. Por asociación estos fines vienen a constituir la felicidad misma, para algunos, o un medio para conseguirla, para otros. En su obra "El utilitarismo" muestra su doctrina y principios morales.

El concepto de utilidad." El credo que acepta como fundamento la moral de la utilidad, o el principio de la mayor felicidad, mantiene que las acciones son correctas en la medida que tienden a promover la felicidad, e incorrectas en la medida que tienden a producir aquello que es contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer"

La felicidad es el único fin de todas nuestras acciones: (=Aristóteles y Epicuro)

"La doctrina utilitarista establece que la felicidad es deseable, y que es la única cosa deseable como fin; todas las otras cosas son deseables sólo como medios para ese fin. […] No puede darse ninguna razón de que la felicidad es deseable, a no ser que cada persona desee su propia felicidad en lo que ésta tenga de alcanzable, según ella."

 

La superioridad de la virtud respecto de todos los otros deseos;

"La virtud […] se la puede considerar como un bien en sí mismo, deseándola como tal con mayor intensidad que cualquier otro bien; y con esta diferencia respecto del amor al poder, al dinero o a la fama: que todos éstos pueden hacer, y a menudo hacen, que el individuo perjudique a los otros miembros de la sociedad a que pertenece, mientras que no hay nada en el individuo tan beneficioso para sus semejantes como el cultivo del amor desinteresado a la virtud. 

En consecuencia, la doctrina utilitaria tolera y aprueba esos otros deseos adquiridos hasta el momento en que, en vez de promover la felicidad general, resultan contrarios a ella. Pero, al mismo tiempo, ordena y exige el mayor cultivo posible del amor a la virtud, por cuanto está por encima de todas las cosas que son importantes para la felicidad general”

Ahora bien, aun moviéndose dentro de los parámetros ideológicos de Bentham, Mill es consciente de las debilidades teóricas de aquél. No acepta el análisis cuantitativo efectuado por Bentham y en el que quedó atrapado éste aún después de proponer sus consabidos criterios para diferenciar los placeres.

Mill, en su anhelo por superar tal deficiencia, propone que es necesario introducir un criterio que permita la diferenciación cualitativa de los placeres. El punto referencial es la naturaleza humana entendida como susceptible de perfección en función de algún ideal.

 

EL LIBERALISMO DE MILL

 

"el objeto de este ensayo es afirmar un sencillo principio destinado a regir absolutamente las relaciones de la sociedad con el individuo en lo que tenga de compulsión y control, ya sean los medios empleados, la fuerza física en forma de penalidades legales o la coacción moral de la opinión pública. Este principio consiste en afirmar que la única finalidad por la que es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se interponga en la libertad de acción de uno cualquiera de sus miembros, es la propia protección. Que la única finalidad por la que el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad contra su voluntad, es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente. Nadie puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar, determinados actos, porque eso sería mejor para él, porque le haría feliz, porque en opinión de los demás hacerlo sería más acertado o más justo. Estas son buenas razones para discutir, razonar y persuadir, pero no para obligarle o causarle algún perjuicio si obra de manera diferente. Para justificarlo, habría que pensar que la conducta de la que se trato de disuadirle producía un perjuicio a un tercero. La única parte de la conducta de cada uno para la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los otros. En cuanto a lo que meramente le concierne, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano. (ON LIBERTY, Introducción)

el objeto de este ensayo es afirmar un sencillo principio
“ el hombre no es un ser totalmente aislado”. “Hay muchas personas que rechazarán nuestra distinción entre la esfera de la vida de una persona que solamente le afecta a ella y aquella que afecta a los otros. ¿Como es posible-pueden preguntarse- que haya algún ámbito de la conducta de un individuo de la sociedad que pueda ser indiferente a los otros miembros? Nadie es una isla. ..si alguien causa lesión a sus propiedades, perjudica a los que directa o indirectamente dependen de ellas, disminuyendo los recursos generales de la sociedad...si deteriora sus facultades corporales o mentales...no solo se causa mal, sino que se inhabilita para prestar servicios que debe en general a sus conciudadanos...un individuo vicioso, sería conveniente que la sociedad lo abandonase a su propio destino...si los niños y menores de edad, merecen protección contra ellos mismos, no se debería hacer lo mismo con las personas maduras. Se han de reprimir actividades como los juegos, la bebida que pueden ser un obstáculo para el mejoramiento personal?"(Ibid.)

“Las facultades humanas de percepción, juicio, discernimiento, actividad mental y hasta preferencia moral sólo se ejercitan cuando se hace una elección. El que hace una cosa cualquiera porque esa es la costumbre, no hace elección ninguna. No gana práctica alguna ni en discernir ni en desear lo que sea mejor. Las potencias mentales y morales, igual que la muscular, sólo se mejoran con el uso". Para él, el hombre se diferencia de los animales no tanto por ser poseedor de entendimiento como por tener capacidad de elección […]; por ser buscador de fines, fines que cada uno persigue a su manera, y no sólo de medios. Con el corolario de que cuanto más variadas sean esas maneras, tanto más ricas serán las vidas de esos hombres[…]”(BERLIN, I., “John Stuart Mill y los fines de la vida”.

 

Stuart Mill era un reformador, con una idea optimista de las posibilidades del individuo de trasformar la sociedad y conseguir su felicidad. Para él existía un patrón de referencia, basado en su idea de libertad tanto del gobierno como de las opresivas costumbres sociales, y creía que la sociedad había de ser evaluada respecto de ese modelo.

Por lo que se refiere a las incitaciones de su circunstancia política  John Stuart Mill fue un publicista reformador que se pronunció, con agudeza y brillantez inusitadas, sobre las cuestiones candentes de su tiempo, …..hablemos del gobierno representativo, la extensión del sufragio, la lucha de las mujeres por la igualdad, la colonización, la independencia americana, la descentralización o el gobierno federal. Se sentía miembro de lo que Coleridge llamaba la “cleresy”, refiriéndose a los intelectuales cuyos puntos de vista sobre la sociedad y la cultura estaban llamados a influir en la opinión pública....la igualdad de la mujer, cuya postergación social era injusta para ella y nociva para la sociedad, a la que privaba de una contribución imprescindible para su progreso; y sobre todo la necesidad de afirmar la libertad individual, sin la que no hay posible autonomía o vida digna, no solo contra la autoridad pública sino frente a las trabas de la sociedad.

 

Hay otra segunda circunstancia personal que incidió en el radicalismo liberal de Stuart Mill. Se trata del significado de la educación que no puede entenderse como un patrón impuesto desde fuera y que constituye un marco de referencia obligado e imprescindible para la utilidad del pupilo, sino que debe compatibilizarse con la asunción de un proyecto de vida propio asumido desde dentro y no impuesto externamente al educando. John Stuart fue sometido a una educación planificada y absorbente por su padre: aprendió griego a los tres años, latín a los seis, leyó cantidades ingentes de historia moderna y clásica, y a los doce años la emprendió con la lógica y la ciencia económica moderna. El resultado fue una depresión descomunal pues no acababa de ver que esta educación meramente receptiva y sapiencial le dejase tiempo para el cultivo de su propia personalidad, incluidos los sentimientos. De esta penosa situación individual sacó al joven Stuart Mill la lectura ocasional de unas memorias en las que el autor, el escritor francés Marmontel, relata cómo la crisis de la madurez, determinada por la muerte del padre, es el momento en que el protagonista pasa a afrontar su destino al asumir las riendas de la familia.

Lo que justifica la vida de uno, lo que le causa la verdadera felicidad, no es su contribución, según los cálculos de otro, a la utilidad de los demás, sino, como dice Alan Ryan, refiriéndose al ejemplo de John Stuart Mill, la afirmación de la autonomía, la vitalidad y el deseo de ser el autor de la propia existencia, como demandas indeclinables de la dignidad humana .