NIETZSCHE: "GENEALOGIA DE LA MORAL"

 

El proyecto que Nietzsche se plantea en la Genealogía de la moral (1887) se podría casi resumir en un solo fragmento, que pertenece al apartado 6 del Prólogo de la obra: «Expresamos cuál es esta nueva exigencia; necesitamos una crítica de los valores morales, hay que cuestionar de una vez el valor intrínseco de estos valores. En este sentido, hay un conocimiento de las condiciones y de las circunstancias de las que surgieron estos valores, en las que se desarrollaron (moral como consecuencia, como síntoma, como máscara, como espíritu de Tartufo, como enfermedad, como malentendido, aunque también como causa, como remedio, como estimulante, como estorbo, como veneno), un conocimiento que hasta ahora no ha  existido ni siquiera se ha codiciado ». 

Para comprender el libro convendría especialmente recordar, que como decía el profesor Pep Calsamiglia en el prólogo a la edición catalana del texto (1981): «Es la formulación de una crítica de la moral vigente, como fase preliminar al vuelco de los valores. Quizás sea la obra más cruel y atrevida de Nietzsche (...) Se adivina el propósito de demostrar con argumentos convincentes sus tesis sobre los fundamentos de los valores morales. Se cuestiona el valor mismo de esos valores. Y no se puede tratar el problema si no es por la vía adecuada: la de la interpretación. En el ámbito de la valoración el sentido deberá encontrarse en el origen, y por tanto se ha de entender la interpretación como genealogía. A partir de esta génesis se podrán desenmascarar las ilusiones y los engaños, y descubrir el elemento diferencial de los valores, del que deriva su validez 

 

Pero Pep Calsamiglia no puede dejar de señalar que «Para la lectura de sus textos debemos estar dispuestos a sufrir las heridas antes de participar en su capacidad de penetración, en las articulaciones de los juicios de valor, en su genealogía del sentido »; opinión que comparte con el traductor castellano de la obra Andrés Sánchez Pascual para quien los tres ensayos de la Genealogía de la moral: «han sido considerados siempre la obra más sombría y cruel de su autor».

Para Calsamiglia, Nietzsche podría ser comparado a una llama, símil que -además- el propio autor propuso en un verso de LA gaya ciencia. «Llama, porque insaciable, se consume incandescente, convierte en luz todo lo que toca y en carbón todo lo que deja». La filosofía nietzscheana es, pues, más valiosa para destruir los pseudoconceptos morales que para abrir un camino de salida al resentimiento ya la mala conciencia nihilista. De ahí que el propio Calsamiglia termine su prólogo sospechando también que los «martillazos deben destruir algunas nuevas tablas de valores». Es en definitiva un poco demasiado fácil criticar el nihilismo del platonismo, del cristianismo o del utilitarismo olvidando el fracaso totalitario de regímenes como el nazi inspirados -bien o mal - en postulados nietzscheanos.

El proyecto nietzscheano consiste en invertir los valores, pero esta «transvaloración» (situando la vida en lo alto, en el lugar donde antes en la tradición platónica y cristiana se situaban las Ideas o Dios) debe ser activa. Si se trata de dejar convertida en ceniza la moral tradicional falta un estudio casi psicológico sobre el sentido de los viejos valores para mostrar la necesidad de deshacerse de él. En su autobiografía intelectual, ECCE HOMO, Nietzsche, definió su intención al escribir LA GENEALOGÍA DE LA MORAL diciendo que eran: «tres trabajos de un psicólogo preliminares para invertir todos los valores».

 

Pep Calsamiglia en el prólogo a la edición catalana del texto (1981)

 

 

NIETZSCHE: "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral".

 

Nietzsche comienza el texto presentando una fábula mediante la cual pretende ironizar sobre la excesiva valoración que la tradición occidental ha otorgado al intelecto, del cual el hombre se siente tan orgulloso. En realidad, el intelecto no es nada sublime ni divino, sino un simple producto natural, un instrumento al servicio de la vida, equivalente a los órganos de los que vale cualquier animal para defenderse, y tan débil como el sujeto que dispone de él. Nietzsche rechaza expresamente cualquier posibilidad de un trasmundo intelectual, de ideas, que constituya la finalidad de la vida humana.

El intelecto no guarda relación alguna con la verdad y la mentira, su misión no es «conocer la verdad», [de ahí el título del texto] como creyeron siempre los filósofos, sino «engañar», «crear ficciones, ilusiones», que permitan al hombre sobrevivir, tanto frente a otros seres como ante sí mismo, haciéndole soportable la existencia, «ilusionándole» con sueños, que le permitan aguantarla. El intelecto está hecho, más bien, para engañarnos sobre el valor de la existencia y para «fingir»: es un arma que sustituye al camuflaje, los colmillos, los cuernos, etc., que utilizan otros animales en su lucha por la vida.

Entonces, el problema es: ¿por qué valora el ser humano la verdad? ¿Qué sentido tiene esta? El intelecto es un instrumento de fingimiento, útil para la supervivencia; pero la lucha por la vida conduce a una «guerra de todos contra todos», en la que nadie está seguro y que hace imposible la sociedad. Por eso, para vivir en sociedad se hace necesario un pacto, un tratado de paz, mediante el cual una sociedad determinada establece qué se considera dentro de ella «verdadero» o «falso». A partir de aquí, será «verdadero» lo que se ajuste al uso establecido de las palabras y resulte útil para la vida, y «falso», aquello que no se atenga a ese uso y se muestre perjudicial para ella.No es la mentira, sino el ser perjudicado, lo que molesta a los hombres y no es la verdad en sí lo que interesa a los hombres sino las consecuencias agradables de la verdad. La verdad es, pues, una interpretación, una perspectiva lingüística, compartida por todos los miembros de una sociedad, al resultarles útil para mantener la vida. Nietzsche ofrece una teoría perspectivista de la verdad, inspirada en el relativismo de los sofistas y en la teoría del contrato social propuesta por Hobbes. Las verdades, por tanto, son «ilusiones», convenciones, que se ha olvidado que lo son.

Nietzsche rechaza la teoría de la verdad como correspondencia. Nuestro conocimiento no se corresponde con ninguna realidad exterior. En sí mismas, las palabras son «tautologías», es decir, no aportan ningún conocimiento sobre el mundo. Al igual que las figuras creadas en la arena por la vibración del sonido (descubiertas por el físico alemán E. Chladni), las palabras son simples transcripciones sonoras, metáforas, de los impulsos nerviosos causados en nuestras mente por un agente exterior, sobre cuyo verdadero «ser en sí» o «esencia» no tenemos ni la más remota idea El modo en que se elabora el lenguaje nos lleva a hacer extrapolaciones arbitrarias, como, por ejemplo, la de considerar el árbol como algo masculino y la planta como femenina. 

Nietzsche rechaza cualquier teoría realista de los conceptos universales [como pueden ser las ideas de Platón]: en la naturaleza solo existen seres individuales, y la formación de los conceptos se realiza cuando el intelecto suprime arbitrariamente las diferencias entre ellos, para realizar determinadas clasificaciones que resultan útiles para la vida. 

La verdad, por consiguiente, no es sino el conjunto de metáforas, metonimias, antropomorfismos, que utiliza un grupo humano para aludir a las relaciones que mantienen sus miembros entre sí, y todos ellos con la naturaleza. Debido a su uso prolongado, con el tiempo se olvida el origen de esas metáforas, y parece como si esas categorías gramaticales no se hubiesen «inventado», como si existieran por sí mismas, independiente del hombre.